Vivir con mi Viejo...

Sergio Cruzat Ortega
“La hormiga conoce la fórmula de su hormiguero, la abeja la de su colmena, sólo el hombre no conoce su fórmula en este mundo”. Esta frase nos trae como recuerdo la vida de Sergio Cruzat Ortega. Él en su afán de búsqueda de la verdad y de lo perfecto, siempre se orientó hacia el bien y luchó por vivir la virtud. Fue un hombre que supo cultivar la lealtad, la sinceridad, el sentido del ahorro, la generosidad, la paciencia y la fortaleza. En el largo camino que recorrió este mundo, lo hizo con un fino sentido del humor; con su alegría por vivir, se hizo más sabio, tal vez por que era prudente. Todo lo anterior se puede resumir en que tenía un amor al trabajo bien hecho y bien terminado. Mucho cariño por su familia y un sentido de unidad familiar que lo transmitió con ejemplo a los que le rodeaban. Lo principal es que él tenía mucha fe, fe en el hombre, en su capacidad de superación y fe en el Gran Arquitecto del Universo, como él lo llamaba; vivía la esperanza, siempre lo esperaba todo de la vida, pero, lo que más tenía era caridad. De eso todos los que vivimos con él fuimos testigos.
El Señor lo llamó a integrar la eternidad el 14 de Julio y su partida fue como todas las tareas que él emprendía, sin prisa pero tampoco sin pausa; tranquila, y con todos los detalles arreglados. Era un buen planificador que supo incluso prever hasta el último detalle de su último adiós, despidiéndose de cada uno de los que quería durante ese fin de semana, parece como que hubiese sabido que era el último.
Ahora su reloj se ha detenido y su ángel ha presentado a la corte celestial todas las obras buenas que hizo durante su vida.
La innumerable cantidad de personas que nos acompañaron a su funeral que se efectuó el 15 de Julio en el Parque del Recuerdo no es más que un pálido reflejo de la cantidad de obras buenas que él hizo durante sus casi 79 años de existencia.
Con cada persona podía establecer comunicación, no importaba la edad ni la condición social ni su grado de instrucción, siempre sabía conversar y en cada conversación entregaba parte de sí. Sabía comprender y se interesaba sinceramente por el otro, preguntaba lo oportuno, y, si a veces iba más allá de los respetos humanos, era una acción muy ponderada cuyo único objetivo era el bienestar de su interlocutor.
Santiago, 18 de Julio de 1997