Antonio Araya Moya

Tio Antonio, Evangelio vivido...

Nada mas seguro que la muerte y nada mas incierto que su momento, frases como esta son las que con el Tío Antonio daban pie para iniciar una conversación ilustrada, clara, precisa, que solo inteligencias como la de él podía sostener, haciendo que su interlocutor se sintiera cómodo. Se aprendía siempre con el Tío Antonio. El con santa humildad, durante la conversación, irradiaba sabiduría convenciendo a su contertulio de que estaban a la misma altura.

Cuantas veces conversamos con el Tío Antonio de lo rápido que pasa el tiempo, esa magnitud física que permite ordenar los sucesos en secuencias, estableciendo un pasado, un presente y un futuro.

Si parece que fue ayer cuando la mamá del Tío Antonio lo recibió en sus brazos, luego creció, aprendió a hablar, a caminar, fue a la escuela y casi sin darse cuenta se iba solo caminando y respirando el aire marino de San Antonio, a su sala de clases. Se hizo hombre y tuvo que continuar sus estudios en Santiago. Es como si estuviera a la vuelta de la esquina cuando la carrera universitaria terminó y comenzó su vida laboral, se hizo experto en el cuidado del ser humano, la seguridad, continuó sus estudios en Estados Unidos y volvió a dar a su patria los novedosos conocimientos que había adquirido. Incursionó en prácticamente todos los campos del tema de la seguridad, integró múltiples comisiones interdisciplinarias, pero no descuidaba los detalles. El tío Antonio se ocupaba de tener desde cascos y linternas en su casa para el caso de temblores o terremotos, tan frecuentes en nuestro país, como de la seguridad en Hospitales, Industrias, Empresas e innumerables otras instituciones, tanto en chile como en el extranjero, y en forma más amplia, se ocupó de la seguridad en forma global, a nivel de país, participando en la década de los sesenta en una comisión técnica que elaboró la primera ley que establece las normas sobre accidentes del trabajo. El fue un miembro especial, era el que por su conocimiento, inteligencia y criterio tuvo gran influencia y liderazgo para la redacción de la mayor parte del documento. Esa ley sigue vigente hoy día, no ha sido modificada y ha sido copiada por casi todos los paises de América Latina. Eso no es fruto de la improvisación, es el resultado de una vida Cristiana con un evangelio vivido y que nos exige que el trabajo, cuyo foco principal de atención es el ser humano, debe hacerse bien a la primera. También fue un educador por excelencia formando a cientos de Ingenieros, técnicos y trabajadores en general, en el ámbito de su especialidad.

Cuando joven el Tío Antonio conoció a la Noni, y se daba tiempo para pasear a sus sobrinos en su motoneta, fue convincente para ganarse a su suegra, la Memé y comenzó una familia fundiendo la de él con la de la Noni. Este tal vez ha sido el proyecto más importante del Tío Antonio, donde su sello ha sido grabado a fuego, tal vez sin el buscarlo. La familia, cuando se quiere vivir el evangelio, es un proyecto de largo plazo, y quizás ahora el desde el cielo, pueda ver su tarea terminada y le deja la Noni la parte de la tarea que a ella le corresponde terminar. Sin duda la Noni sabrá encontrar la fortaleza necesaria para saber, a la luz de la fe, que si bien no tiene la presencia física del tío Antonio, está su obra, su recuerdo y lo mas importante hay un potente intercesor más en quien apoyarse por que ahora más que nunca Noni, tu ayuda, ejemplo y consejo son muy necesarios.

Mas tarde vinieron los nietos y las nietas y el tío vio como se prolonga la familia, en donde mas que multiplicar el apellido, por la vía de la dedicación y del ejemplo, es su persona la que de un modo u otro se va encarnando en ellos. Hace tan solo dos años tuvimos el privilegio de juntarnos con el Tío Antonio en una linda celebración de sus 76 años, lo que allí se vivió fue como premonitorio, pues a partir de esa fecha, unos días mas tarde comenzó en forma acelerada el proceso de deterioro de su salud y que culminó el viernes recién pasado. Creo interpretar a todos los que compartimos con él, cuando digo: Tío Antonio, te damos las gracias por habernos enseñado tanto, más haciendo que diciendo, siempre fuiste una puerta que se abre, una mirada que comprende, una palabra que anima y muy de tarde en tarde, buscando el momento preciso y con mano de terciopelo: una crítica que mejora.

Para terminar estas palabras quisiera invitarlos a hacer un ejercicio en el tiempo: imaginemos por un momento que fuimos a ver a Antonio Araya al hospital Salvador, el viernes pasado a eso de las 20 horas. Nos encontramos con él en una sala típica de hospital y nos recibe haciendo un esfuerzo pero con su tierna sonrisa, entonces la pregunta de rigor sería: Antonio ¿como estás?, ¿como te sientes?. De seguro, el nos diría algo así como lo siguiente:
Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo vida,
Por que nunca me diste ni esperanza fallida,
Ni trabajos injustos, ni pena inmerecida.
Por que veo al final de mi rudo camino
Que yo fui el arquitecto de mi propio destino
Que si extraje las mieles o la hiel de las cosas
Fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz
¡Vida nada me debes!, ¡vida estamos en paz!

Santiago, 18 de Marzo de 2007.-

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